
Hay dias que uno los cataloga como memorables por sucesos personales que en lo más íntimo suponen avances en el propio transcurrir de la vida, en otras ocasiones lo son por acontecimientos en que nuestra implicación es realmente como espectador como pueda ser la victoria de nuestro equipo favorito en una competición deportiva "trascendental".
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A veces el caracter único de una jornada tiene ingredientes memorables gracias a la inspiración que provoca la historia de un desconocido, descubrir a un ser humano único y que en unos pocos minutos pase de ser un ciudadano anónimo de este planeta a ser alguien que nos importa. Eso es lo que sucedió esta semana con el maestro panadero Fernando Manrique. Recién aterrizados en Panamá una mañana de esta semana descubrimos una panadería del recinto del Albrook Mall. Veo un croissant de chocolate muy tentador y mi esposa uno relleno de queso y jamón... estaban buenisimos, realmente espectaculares, uno de los mejores en mucho tiempo. El lugar se llama Don Pan y, casualidades de la vida, es una empresa de raices venezolanas.
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Regresamos al día siguiente para corroborar si la calidad se mantiene y el maestro panadero nos advierte que faltan 20 minutos para sacar el croissant de chocolate. Por su acento adivino orígenes ibéricos y no me equivoco, se trata de Fernando Manrique nacido en San Sebastián, la capital de Guipúzcoa, ejerce de maestro panadero y en unos minutos las ganas de conversar son compartidas y le invito a que se siente con nosotros en la mesa para tomar un buen café.
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Tres meses en Panamá para dotar a la franquicia venezolana Don Pan de los mejores panes y bollería, toda una vida en Caracas para hacer lo mismo en este negocio y años antes trazar la trayectoria de prestigio de panaderías como la Alicantina o la Crocantina en Las Mercedes. Amante de Venezuela, lugar en el que encontró el reposo de un guerrero del mar desde que abandonó las costas del cantábrico a lomos de un barco de pesca.
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En medio, años de pesca del bonito del norte con caña y maña, años de destierro en las costas de Terranova para congelarse entre las olas y mares embravecidos de aquellas latitudes inóspitas entre Groenlandia, Canada e Islandia buscando el sustento entre bacalaos y "resfriaos". Preso del azul del océano tardó una eternidad en encontrar un puerto donde descongelarse de tanto frío y encontrar el abrigo de una vida familiar. Fueron las aguas cálidas del Caribe las que le enseñaron que la fortuna no se amasa en el vientre de pescados salados, la suerte para él se amasó con agua, levaduras y trigo, un guardián del centeno y el gluten que necesitó de un horno de leña y el calor de una cocina criolla para convencerse de que el santo grial habita en la crujiente corteza de un pan recién horneado.
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Con un pan bajo el brazo llegó a Panamá para descubrir que en el más estrecho de los territorios del mundo que una larga baguette puede ser comida una mañana en el Pacífico y poco tiempo después en el Atlántico sin que se haya endurecido... Parece que Fernando Manrique encontró antes de los sesenta la unión geográfica de todos los caminos. Quizás todavía no lo sabe, pero la Osa Mayor de su norte está en la confluencia de los cuatro elementos ístmicos:
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Tierra, porque necesita pisarla para sentirse orientado, tierra de la que nace el trigo, puerto al que desembarcar cuando el temporal de nuestros corazones se convierte en tsunami.
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Agua, agua salada porque para un espíritu aventurero el océano debe ser una alternativa cada mañana por si se decide que queda otra vida por vivir. Agua dulce tan necesaria como la harina de trigo para en su justa proporción convergan los maquiavélicos propósitos de pan y circo....
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¿y el aire ? pues en él es viento... ah !!!, el viento, fiel y fértil amigo invisible, ha sido el único compañero que siempre acompañó sus deseos, con él cruzó miles de leguas y con el susurro de la memoria amasa los relatos de su existencia. Viento que también es el oxigeno que permite que la levadura tome el alimento que transforme la nada en una masa fermentada,
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Siempre queda el Fuego para el final porque al calor de la hoguera se materializan y destruyen las conclusiones de una vida, demasiada lumbre acaba chamuscando las mejores intenciones y en la tibieza de un intento los proyectos siempre quedaran crudos... escéptico del ser humano que por el vil metal todo lo aniquila pero esperanzado porque en cada nuevo nacimiento triunfe la inocencia que nos permita tener fe en la especie.
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Fernando, pone cada mañana el fuego adecuado para enseñarnos que con la crujiente corteza de sus panes multiplica la fe en la dignidad del trabajo y la creatividad del ser humano. Sus palabras son frescas como un atún recién pescado, nos recuerda que los peces son como la libertad, cuando alguien pretende cazarla con una red de arrastre creyendo poseer el derecho sobre el cardumen, aniquila varias generaciones de una especie, hiere de muerte a las vecinas y empobrece el fondo marino que es hogar de todos... por eso cuando él pesca sueña en hacerlo con caña, solo para obtener el bien que hoy nos de felicidad y no pretender que con su pesca el mar se tiña de rojo para siempre.
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Con el esfuerzo multiplican los panes cada día, con el respeto, se multiplican los peces cada noche.